Piano, orquesta y pintores. Qué noche la que nos espera. Entre cortinas, los músicos afinan las cuerdas de los violines; otros, los oídos del alma. No hay nervios. Es la última presentación y la ansiedad se apodera de todos. Martin, el director de la orquesta, me dice: es hora de subir a los pintores, avanti. Obedezco. Me dispongo a llevar a los artistas a sus lugares. Mi función es pequeña. Únicamente ayudarlos a subir. Una vez en sus puestos, ellos demuestran que son autosuficientes. Tomo lugar, justo entre los timbales y los fagotes. Está todo listo.
El director sale junto al pianista Mario Morales. Luego de un silencio profundo, se escucha un fuerte suspiro y las manos del maestro indican que hay que comenzar con un soberbio acorde. Los pintores escuchan atentamente. Aquellos que poseen dificultades de audición se limitan a ver los movimientos soberbios que hace Martin con sus manos. No escuchan, pero saben que la música del momento es sinónimo de fuerza. Pasan los primeros 2 minutos. A pintar. Ya hay suficiente inspiración para utilizar colores oscuros.
Los pintores están muy sensibles a la música. Me encanta ver cómo se mueven en sincronía con el ritmo de las notas. No se dan cuenta. Están de espaldas a la orquesta. Mientras, los que estamos ayudando desde abajo, combinamos colores. Se acerca el adagio. Bendito Beethoven que juega con los sentimientos a través de la música. Es tiempo de escuchar una melodía que describe muchas cosas. Llega el tiempo de parar los movimientos rápidos de las brochas y pinceles. Hay que abrir los ojos del alma y dejar que las notas dulces y sensibles penetren en los poros de nuestra piel hasta que lleguen al corazón.
Andrea, una niña de 15 años, toma asiento. No tiene ambos brazos. Sumado a eso, posee problemas en sus piernas. Esta noche está preciosa. Tiene pintura en su cabello y no le importa. Cierra sus ojos. Súbitamente, mi mirada se posa en José, el pintor que está al lado suyo. No mira, sin embargo, se está dejando llevar por la dulce melodía del piano. Como niño que intenta atrapar una mariposa en un jardín, José hace ademanes de querer atrapar las notas que vuelan como luciérnagas en el aire. Lo ha conseguido. Posa su oído derecho en dirección exacta adonde se encuentra el piano. Sus oídos se han convertido en ojos del alma.
Con un acorde que se asemeja a las lágrimas de alegría, el adagio termina. Es tiempo de retornar a la faena. Andrea toma el pincel con su boca. Tiene suficientes motivos para utilizar verde. La esperanza, como llamarían algunos, es el color idóneo para dibujar hojas sobre el árbol que hay de fondo. Los movimientos son cada vez más semejantes a la música. Movimientos rápidos, arriba y abajo. En total sincronía, los 3 elementos sobre el escenario terminan al mismo tiempo. Aparecen los aplausos del público. Muy merecidos. Los miembros de la orquesta alzamos nuestras manos al cielo. Es el aplauso de los sordos. Esta noche, todos lo merecen.
Entre cámaras y personas tomando fotos a las pinturas, Andrea me llama. Me dice: siempre que veas esta pintura te acordas de mí. Vaya sorpresa. Me ha obsequiado un cuadro de un paisaje. Lo ha dibujado con pinceles en su boca. No parece que sea así, está perfecto. Con tristeza me despido de ella. Subo a mi carro, y esta noche el recuerdo más bello que alguien me haya dado toma el asiento de mi novia. La obligo a sentarse atrás. La plática con ella se reduce al concierto y de sus solos con el oboe. No presto mucha atención. Mientras manejo, pienso en lo que ha sucedido esta noche. No hay nada imposible en esta vida. Andrea y todos los pintores me lo han demostrado. Aún grabo en mi mente la imagen de notas como luciérnagas volando sobre el escenario y a los pintores atrapándolas con los pinceles y brochas para estamparlas en los lienzos.

Buen texto!!!
ResponderEliminarMe llega este texto. Lo que mejor se escribe es lo que se vive.
ResponderEliminarEs un magnífico texto viejo. Te juro que logre sentir la sincronía entre las notas. Suerte en todo, segui adelante.
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